Qué bien, mis ojos se enredan de sueño...
Lo que pasó primero fue que me inventé un sortilegio. O me lo contaron y olvidé quién. El caso es que amanecí con una idea fija (como todas las mías) y me pasé el día esperando otra vez la hora de dormir, para ponerla en práctica.
Mi hechizo fue escribir un nombre bajo la almohada para poder soñarlo después. Y entonces yo, que no sé soñar si no es despierta, dormí con ese nombre debajo y lo vi aparecerse, al dueño del nombre, entre jirones de sueño.
Pero falta la casualidad, una que traspasa esto de tener nombres durmiendo bajo tu cabeza y soñar, y soñarlos. Y es que no pasó ni una noche más ese manuscrito bajo mi almohada que el dueño asumió sus tres dimensiones, se sacudió los restos de sueño y se apareció anónimo y marchito en su mejor versión: la del que volvía a buscarme, a mí.
Esta casualidad rompe hielo viene con magia y sortilegio, que es importante, pero está aquí por haber sido de carne y hueso. Y eso es importantísimo.
Es su casualidad, que no se entere.
Mi hechizo fue escribir un nombre bajo la almohada para poder soñarlo después. Y entonces yo, que no sé soñar si no es despierta, dormí con ese nombre debajo y lo vi aparecerse, al dueño del nombre, entre jirones de sueño.
Pero falta la casualidad, una que traspasa esto de tener nombres durmiendo bajo tu cabeza y soñar, y soñarlos. Y es que no pasó ni una noche más ese manuscrito bajo mi almohada que el dueño asumió sus tres dimensiones, se sacudió los restos de sueño y se apareció anónimo y marchito en su mejor versión: la del que volvía a buscarme, a mí.
Esta casualidad rompe hielo viene con magia y sortilegio, que es importante, pero está aquí por haber sido de carne y hueso. Y eso es importantísimo.
Es su casualidad, que no se entere.

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