martes, abril 15, 2008

Qué bien, mis ojos se enredan de sueño...

Lo que pasó primero fue que me inventé un sortilegio. O me lo contaron y olvidé quién. El caso es que amanecí con una idea fija (como todas las mías) y me pasé el día esperando otra vez la hora de dormir, para ponerla en práctica.
Mi hechizo fue escribir un nombre bajo la almohada para poder soñarlo después. Y entonces yo, que no sé soñar si no es despierta, dormí con ese nombre debajo y lo vi aparecerse, al dueño del nombre, entre jirones de sueño.
Pero falta la casualidad, una que traspasa esto de tener nombres durmiendo bajo tu cabeza y soñar, y soñarlos. Y es que no pasó ni una noche más ese manuscrito bajo mi almohada que el dueño asumió sus tres dimensiones, se sacudió los restos de sueño y se apareció anónimo y marchito en su mejor versión: la del que volvía a buscarme, a mí.

Esta casualidad rompe hielo viene con magia y sortilegio, que es importante, pero está aquí por haber sido de carne y hueso. Y eso es importantísimo.

Es su casualidad, que no se entere.


viernes, abril 04, 2008

Hoy pensamos la misma frase

Yo no sé, serán estrellas para los más místicos o extrañas sinapsis para los más racionales, el caso es que a veces las frases son las mismas.
Las palabras bailan y hacen una ronda, tararean, se revuelven de risa, se ahogan en un oído y chapotean en otra boca, como jugando. Las palabras nos devuelven las casualidades y traman la siguiente, se abrazan despacito al círculo polar, se cosen a los pechos de los que se han de encontrar y caen, cómplices, por un agujero de luz.
Hoy pensamos la misma frase y ésa fue la casualidad del empujón. Al mismo tiempo dijimos:
'Tengo la sensación de que esto no me ha pasado nunca'.

Y sólo por eso, fue verdad.